Epístolas

Ansiedad de Pablo en Troas

Biblia cristiana > Nuevo Testamento > Epístolas > Segunda epístola de San Pablo a los Corintios > Ansiedad de Pablo en Troas (47:2:12 - 47:2:13)

Cuando llegué a Troas para predicar el evangelio de Cristo, aunque se me había abierto puerta en el Señor,

no tuve reposo en mi espíritu por no haber hallado a mi hermano Tito. Así que me despedí de ellos y partí para Macedonia.

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Triunfantes en Cristo

Biblia cristiana > Nuevo Testamento > Epístolas > Segunda epístola de San Pablo a los Corintios > Triunfantes en Cristo (47:2:14 - 47:2:17)

Pero gracias a Dios, que hace que siempre triunfemos en Cristo y que manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento por medio de nosotros.

Porque para Dios somos olor fragante de Cristo en los que se salvan y en los que se pierden.

A los unos, olor de muerte para muerte; mientras que a los otros, olor de vida para vida. Y para estas cosas, ¿quién es suficiente?

Porque no somos, como muchos, traficantes de la palabra de Dios; más bien, con sinceridad y como de parte de Dios, hablamos delante de Dios en Cristo.

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Ministros del nuevo pacto

Biblia cristiana > Nuevo Testamento > Epístolas > Segunda epístola de San Pablo a los Corintios > Ministros del nuevo pacto (47:3:1 - 47:4:6)

¿Comenzamos otra vez a recomendarnos a nosotros mismos? ¿O acaso tenemos necesidad, como algunos, de cartas de recomendación para vosotros, o de vosotros?

Vosotros sois nuestra carta, escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres.

Es evidente que vosotros sois carta de Cristo, expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en las tablas de corazones humanos.

Esta confianza tenemos delante de Dios, por medio de Cristo:

no que seamos suficientes en nosotros mismos, como para pensar que algo proviene de nosotros, sino que nuestra suficiencia proviene de Dios.

El mismo nos capacitó como ministros del nuevo pacto, no de la letra, sino del Espíritu. Porque la letra mata, pero el Espíritu vivifica.

Y si el ministerio de muerte, grabado con letras sobre piedras, vino con gloria—tanto que los hijos de Israel no podían fijar la vista en el rostro de Moisés a causa de la gloria de su rostro, la cual se había de desvanecer—,

¡cómo no será con mayor gloria el ministerio del Espíritu!

Porque si el ministerio de condenación era con gloria, ¡cuánto más abunda en gloria el ministerio de justificación!

Pues lo que había sido glorioso no es glorioso en comparación con esta excelente gloria.

Porque si lo que se desvanecía era por medio de gloria, ¡cuánto más excede en gloria lo que permanece!

Así que, teniendo tal esperanza, actuamos con mucha confianza;

no como Moisés, quien ponía un velo sobre su cara para que los hijos de Israel no se fijaran en el fin de lo que se estaba desvaneciendo.

Sin embargo, sus mentes fueron endurecidas; pues hasta el día de hoy, cuando leen el antiguo pacto, el mismo velo sigue puesto, porque sólo en Cristo es quitado.

Aún hasta el día de hoy, cada vez que leen a Moisés, el velo está puesto sobre el corazón de ellos.

Pero cuando se conviertan al Señor, el velo será quitado.

Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.

Por tanto, todos nosotros, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.

Por esto, teniendo nosotros este ministerio según la misericordia que nos fue dada, no desmayamos.

Pero rechazamos los tapujos de vergüenza, no procediendo con astucia, ni adulterando la palabra de Dios, sino que, por la clara demostración de la verdad, nos recomendamos a nosotros mismos a toda conciencia humana delante de Dios.

Pero aun si nuestro evangelio está encubierto, entre los que se pierden está encubierto.

Pues el dios de esta edad presente ha cegado el entendimiento de los incrédulos, para que no les ilumine el resplandor del evangelio de la gloria de Cristo, quien es la imagen de Dios.

Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor; y a nosotros, como siervos vuestros por causa de Jesús.

Porque el Dios que dijo: “La luz resplandecerá de las tinieblas” es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo.

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Viviendo por la fe

Biblia cristiana > Nuevo Testamento > Epístolas > Segunda epístola de San Pablo a los Corintios > Viviendo por la fe (47:4:7 - 47:5:10)

Con todo, tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros.

Estamos atribulados en todo, pero no angustiados; perplejos, pero no desesperados;

perseguidos, pero no desamparados; abatidos, pero no destruidos.

Siempre llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús por todas partes, para que también en nuestro cuerpo se manifieste la vida de Jesús.

Porque nosotros que vivimos, siempre estamos expuestos a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.

De manera que en nosotros actúa la muerte, pero en vosotros actúa la vida.

Sin embargo, tenemos el mismo espíritu de fe, conforme a lo que está escrito: Creí; por lo tanto hablé. Nosotros también creemos; por lo tanto también hablamos,

sabiendo que el que resucitó al Señor Jesús también nos resucitará a nosotros con Jesús y nos presentará a su lado juntamente con vosotros.

Porque todas estas cosas suceden por causa vuestra para que, mientras aumente la gracia por medio de muchos, abunde la acción de gracias para la gloria de Dios.

Por tanto, no desmayamos; más bien, aunque se va desgastando nuestro hombre exterior, el interior, sin embargo, se va renovando de día en día.

Porque nuestra momentánea y leve tribulación produce para nosotros un eterno peso de gloria más que incomparable;

no fijando nosotros la vista en las cosas que se ven, sino en las que no se ven; porque las que se ven son temporales, mientras que las que no se ven son eternas.

Porque sabemos que si nuestra casa terrenal, esta tienda temporal, se deshace, tenemos un edificio de parte de Dios, una casa no hecha de manos, eterna en los cielos.

Pues en esta tienda gemimos deseando ser sobrevestidos de nuestra habitación celestial;

y aunque habremos de ser desvestidos, no seremos hallados desnudos.

Porque los que estamos en esta tienda gemimos agobiados, porque no quisiéramos ser desvestidos, sino sobrevestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida.

Pues el que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado la garantía del Espíritu.

Así vivimos, confiando siempre y comprendiendo que durante nuestra estancia en el cuerpo peregrinamos ausentes del Señor.

Porque andamos por fe, no por vista.

Pues confiamos y consideramos mejor estar ausentes del cuerpo, y estar presentes delante del Señor.

Por lo tanto, estemos presentes o ausentes, nuestro anhelo es serle agradables.

Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho por medio del cuerpo, sea bueno o malo.

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El ministerio de la reconciliación

Biblia cristiana > Nuevo Testamento > Epístolas > Segunda epístola de San Pablo a los Corintios > El ministerio de la reconciliación (47:5:11 - 47:6:13)

Conociendo, entonces, el temor del Señor, persuadimos a los hombres; pues a Dios le es manifiesto lo que somos, y espero que también lo sea a vuestras conciencias.

No nos recomendamos otra vez ante vosotros, sino que os damos ocasión de gloriaros por nosotros, con el fin de que tengáis respuesta frente a los que se glorían en las apariencias y no en el corazón.

Porque si estamos fuera de nosotros, es para Dios; o si estamos en nuestro juicio, es para vosotros.

Porque el amor de Cristo nos impulsa, considerando esto: que uno murió por todos; por consiguiente, todos murieron.

Y él murió por todos para que los que viven ya no vivan más para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.

De manera que nosotros, de aquí en adelante, a nadie conocemos según la carne; y aun si hemos conocido a Cristo según la carne, ahora ya no le conocemos así.

De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.

Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo y nos ha dado el ministerio de la reconciliación:

que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomándoles en cuenta sus transgresiones y encomendándonos a nosotros la palabra de la reconciliación.

Así que, somos embajadores en nombre de Cristo; y como Dios os exhorta por medio nuestro, rogamos en nombre de Cristo: ¡Reconciliaos con Dios!

Al que no conoció pecado, por nosotros Dios le hizo pecado, para que nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en él.

Y así nosotros, como colaboradores, os exhortamos también que no recibáis en vano la gracia de Dios;

porque dice: En tiempo favorable te escuché, y en el día de la salvación te socorrí. ¡He aquí ahora el tiempo más favorable! ¡He aquí ahora el día de salvación!

No damos a nadie ocasión de tropiezo en nada, para que nuestro ministerio no sea desacreditado.

Más bien, en todo nos presentamos como ministros de Dios: en mucha perseverancia, en tribulaciones, en necesidades, en angustias,

en azotes, en cárceles, en tumultos, en duras labores, en desvelos, en ayunos,

en pureza, en conocimiento, en tolerancia, en bondad, en el Espíritu Santo, en amor no fingido,

en palabra de verdad, en poder de Dios, por medio de armas de justicia a derecha y a izquierda;

por honra y deshonra, por mala fama y buena fama; como engañadores, pero siendo hombres de verdad;

como no conocidos, pero bien conocidos; como muriendo, pero he aquí vivimos; como castigados, pero no muertos;

como entristecidos, pero siempre gozosos; como pobres, pero enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, pero poseyéndolo todo.

Nuestra boca ha sido franca con vosotros, oh corintios; nuestro corazón está abierto.

No estáis limitados en nosotros; lo estáis en vuestros propios corazones.

Pues para corresponder del mismo modo, como a hijos os hablo: ¡Abrid vosotros también vuestro corazón!

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