Hechos

Arresto de Esteban

Biblia cristiana > Nuevo Testamento > Epístolas > Hechos > Arresto de Esteban (44:6:8 - 44:6:15)

Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y milagros en el pueblo.

Y se levantaron algunos de la sinagoga llamada de los Libertos, de los cireneos y los alejandrinos, y de los de Cilicia y de Asia, discutiendo con Esteban.

Y no podían resistir la sabiduría y el espíritu con que hablaba.

Entonces sobornaron a unos hombres para que dijesen: “Le hemos oído hablar palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios.”

Ellos incitaron al pueblo, a los ancianos y a los escribas. Y se levantaron contra él, le arrebataron y le llevaron al Sanedrín.

Luego presentaron testigos falsos que decían: —Este hombre no deja de hablar palabras contra este santo lugar y contra la ley.

Porque le hemos oído decir que ese Jesús de Nazaret destruirá este lugar y cambiará las costumbres que Moisés nos dejó.

Entonces, todos los que estaban sentados en el Sanedrín, cuando fijaron los ojos en él, vieron su cara como si fuera la cara de un ángel.

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Defensa y muerte de Esteban

Biblia cristiana > Nuevo Testamento > Epístolas > Hechos > Defensa y muerte de Esteban (44:7:1 - 44:7:60)

Entonces el sumo sacerdote preguntó: —¿Es esto así?

Y él respondió: —Hermanos y padres, oíd. El Dios de la gloria apareció a nuestro padre Abraham cuando estaba en Mesopotamia, antes que habitase en Harán,

y le dijo: “Sal de tu tierra y de tu parentela y vete a la tierra que te mostraré.”

Entonces salió de la tierra de los caldeos y habitó en Harán. Después que murió su padre, Dios le trasladó de allá a esta tierra en la cual vosotros habitáis ahora.

Pero no le dio heredad en ella, ni siquiera para asentar su pie; aunque prometió darla en posesión a él y a su descendencia después de él, aun cuando él no tenía hijo.

Así Dios le dijo que su descendencia sería extranjera en tierra ajena y que los reducirían a esclavitud y los maltratarían por cuatrocientos años.

“Pero yo juzgaré a la nación a la cual sirvan,” dijo Dios, “y después de esto saldrán y me rendirán culto en este lugar.”

Dios le dio el pacto de la circuncisión; y así Abraham engendró a Isaac y le circuncidó al octavo día. Lo mismo hizo Isaac a Jacob, y Jacob a los doce patriarcas.

Los patriarcas, movidos por envidia, vendieron a José para Egipto. Pero Dios estaba con él;

le libró de todas sus tribulaciones y le dio gracia y sabiduría en la presencia del Faraón, rey de Egipto, quien le puso por gobernador sobre Egipto y sobre toda su casa.

Entonces vino hambre y gran tribulación en toda la tierra de Egipto y en Canaán, y nuestros padres no hallaban alimentos.

Pero al oír Jacob que había trigo en Egipto, envió a nuestros padres la primera vez.

La segunda vez, José se dio a conocer a sus hermanos. Así el linaje de José fue dado a conocer al Faraón.

Y José envió e hizo venir a su padre Jacob y a toda su familia, que eran 75 personas.

Así descendió Jacob a Egipto, donde él y nuestros padres terminaron su vida.

Y fueron llevados a Siquem y puestos en el sepulcro que Abraham compró a precio de plata, de los hijos de Hamor en Siquem.

Como se acercaba el tiempo de la promesa, la cual Dios había asegurado a Abraham, el pueblo creció y se multiplicó en Egipto

hasta que se levantó en Egipto otro rey que no conocía a José.

Con astucia este rey se aprovechó de nuestro pueblo y maltrató a nuestros padres, haciéndoles exponer a la muerte a sus bebés para que no sobreviviesen.

En aquel tiempo nació Moisés y era agradable a Dios. El fue criado tres meses en la casa de su padre;

pero cuando fue expuesto a la muerte, la hija del Faraón le recogió y lo crió como a hijo suyo.

Moisés fue instruido en toda la sabiduría de los egipcios y era poderoso en sus palabras y hechos.

Cuando cumplió cuarenta años, le vino al corazón el visitar a sus hermanos, los hijos de Israel.

Al ver que uno era maltratado le defendió, y matando al egipcio, vengó al oprimido.

Pensaba que sus hermanos entenderían que Dios les daría liberación por su mano, pero ellos no lo entendieron.

Al día siguiente, él se presentó a unos que estaban peleando y trataba de ponerlos en paz diciendo: “¡Hombres, sois hermanos! ¿Por qué os maltratáis el uno al otro?”

Entonces, el que maltrataba a su prójimo le rechazó diciendo: ¿Quién te ha puesto por gobernador y juez sobre nosotros?

¿Acaso quieres tú matarme como mataste ayer al egipcio?

Al oír esta palabra, Moisés huyó y vivió exiliado en la tierra de Madián, donde engendró dos hijos.

Cuarenta años después, un ángel le apareció en el desierto del monte Sinaí, en la llama de fuego de una zarza.

Cuando Moisés le vio, se asombró de la visión; pero al acercarse para mirar, le vino la voz del Señor:

“Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob.” Pero Moisés, temblando, no se atrevía a mirar.

Le dijo el Señor: “Quita las sandalias de tus pies, porque el lugar donde estás es tierra santa.

He mirado atentamente la aflicción de mi pueblo en Egipto. He oído el gemido de ellos y he descendido para librarlos. Ahora, pues, ven, y te enviaré a Egipto.”

A este mismo Moisés, al cual habían rechazado diciendo: ¿Quién te ha puesto por gobernador y juez?, Dios le envió por gobernador y redentor, por mano del ángel que le apareció en la zarza.

El los sacó, haciendo prodigios y señales en Egipto, en el mar Rojo y en el desierto por cuarenta años.

Este es el mismo Moisés que dijo a los hijos de Israel: Dios os levantará un profeta como yo de entre vuestros hermanos.

Este es aquel que estuvo en la congregación en el desierto con el ángel que le hablaba en el monte Sinaí, y con nuestros padres, y el que recibió palabras de vida para darnos.

Nuestros padres no quisieron serle obedientes; más bien, le rechazaron y en sus corazones se volvieron atrás a Egipto,

diciendo a Aarón: Haz para nosotros dioses que vayan delante de nosotros; porque a este Moisés que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le habrá acontecido.

Entonces, en aquellos días hicieron un becerro y ofrecieron sacrificio al ídolo, y se regocijaban en las obras de sus manos.

Pero Dios se apartó de ellos y los entregó a que rindiesen culto al ejército del cielo, como está escrito en el libro de los Profetas: ¿Acaso me ofrecisteis víctimas y sacrificios en el desierto por cuarenta años, oh casa de Israel?

Más bien, llevasteis el tabernáculo de Moloc y la estrella de vuestro dios Renfán, las imágenes que hicisteis para adorarlas. Por tanto, os transportaré más allá de Babilonia.

En el desierto, nuestros padres tenían el tabernáculo del testimonio, como lo había ordenado Dios, quien ordenaba a Moisés que lo hiciese según el modelo que había visto.

Habiendo recibido el tabernáculo, nuestros padres, junto con Josué, lo introdujeron en la posesión de las naciones que Dios expulsó de la presencia de nuestros padres, hasta los días de David.

Este halló gracia delante de Dios y pidió proveer un tabernáculo para el Dios de Jacob.

Pero Salomón le edificó casa.

No obstante, el Altísimo no habita en casas hechas por mano, como dice el profeta:

El cielo es mi trono, y la tierra es el estrado de mis pies. ¿Qué casa me edificaréis? dice el Señor. ¿Cuál será el lugar de mi reposo?

¿No hizo mi mano todas estas cosas?

¡Duros de cerviz e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo. Como vuestros padres, así también vosotros.

¿A cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres? Y mataron a los que de antemano anunciaron la venida del Justo. Y ahora habéis venido a ser sus traidores y asesinos.

¡Vosotros que habéis recibido la ley por disposición de los ángeles, y no la guardasteis!

Escuchando estas cosas, se enfurecían en sus corazones y crujían los dientes contra él.

Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo y puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba de pie a la diestra de Dios.

Y dijo: —¡He aquí, veo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre de pie a la diestra de Dios!

Entonces gritaron a gran voz, se taparon los oídos y a una se precipitaron sobre él.

Le echaron fuera de la ciudad y le apedrearon. Los testigos dejaron sus vestidos a los pies de un joven que se llamaba Saulo.

Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba diciendo: —¡Señor Jesús, recibe mi espíritu!

Y puesto de rodillas clamó a gran voz: —¡Señor, no les tomes en cuenta este pecado! Y habiendo dicho esto, durmió.

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Saulo persigue a la iglesia

Biblia cristiana > Nuevo Testamento > Epístolas > Hechos > Saulo persigue a la iglesia (44:8:1 - 44:8:3)

Y Saulo consentía en su muerte. En aquel día se desató una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén, y todos fueron esparcidos por las regiones de Judea y de Samaria, con excepción de los apóstoles.

Unos hombres piadosos sepultaron a Esteban, e hicieron gran lamentación por él.

Entonces Saulo asolaba a la iglesia. Entrando de casa en casa, arrastraba tanto a hombres como a mujeres y los entregaba a la cárcel.

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Predicación del evangelio en Samaria

Biblia cristiana > Nuevo Testamento > Epístolas > Hechos > Predicación del evangelio en Samaria (44:8:4 - 44:8:25)

Entonces, los que fueron esparcidos anduvieron anunciando la palabra.

Y Felipe descendió a la ciudad de Samaria y les predicaba a Cristo.

Cuando la gente oía y veía las señales que hacía, escuchaba atentamente y de común acuerdo lo que Felipe decía.

Porque de muchas personas salían espíritus inmundos, dando grandes gritos, y muchos paralíticos y cojos eran sanados;

de modo que había gran regocijo en aquella ciudad.

Hacía tiempo había en la ciudad cierto hombre llamado Simón, que practicaba la magia y engañaba a la gente de Samaria, diciendo ser alguien grande.

Todos estaban atentos a él, desde el más pequeño hasta el más grande, diciendo: “¡Este sí que es el Poder de Dios, llamado Grande!”

Le prestaban atención, porque con sus artes mágicas les había asombrado por mucho tiempo.

Pero cuando creyeron a Felipe mientras anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaban hombres y mujeres.

Aun Simón mismo creyó, y una vez bautizado él acompañaba a Felipe; y viendo las señales y grandes maravillas que se hacían, estaba atónito.

Los apóstoles que estaban en Jerusalén, al oír que Samaria había recibido la palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan,

los cuales descendieron y oraron por los samaritanos para que recibieran el Espíritu Santo.

Porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos el Espíritu Santo; solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús.

Entonces les impusieron las manos, y recibieron el Espíritu Santo.

Cuando Simón vio que por medio de la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero,

diciendo: —Dadme también a mí este poder, para que cualquiera a quien yo imponga las manos reciba el Espíritu Santo.

Entonces Pedro le dijo: —¡Tu dinero perezca contigo, porque has pensado obtener por dinero el don de Dios!

Tú no tienes parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios.

Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad y ruega a Dios, si quizás te sea perdonado el pensamiento de tu corazón;

porque veo que estás destinado a hiel de amargura y a cadenas de maldad.

Entonces respondiendo Simón dijo: —Rogad vosotros por mí ante el Señor, para que ninguna cosa de las que habéis dicho venga sobre mí.

Ellos, después de haber testificado y hablado la palabra de Dios, regresaron a Jerusalén y anunciaban el evangelio en muchos pueblos de los samaritanos.

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Felipe y el etíope

Biblia cristiana > Nuevo Testamento > Epístolas > Hechos > Felipe y el etíope (44:8:26 - 44:8:40)

Un ángel del Señor habló a Felipe diciendo: “Levántate y vé hacia el sur por el camino que desciende de Jerusalén a Gaza, el cual es desierto.”

El se levantó y fue. Y he aquí un eunuco etíope, un alto funcionario de Candace, la reina de Etiopía, quien estaba a cargo de todos sus tesoros y que había venido a Jerusalén para adorar,

regresaba sentado en su carro leyendo el profeta Isaías.

El Espíritu dijo a Felipe: “Acércate y júntate a ese carro.”

Y Felipe corriendo le alcanzó y le oyó que leía el profeta Isaías. Entonces le dijo: —¿Acaso entiendes lo que lees?

Y él le dijo: —¿Pues cómo podré yo, a menos que alguien me guíe? Y rogó a Felipe que subiese y se sentase junto a él.

La porción de las Escrituras que leía era ésta: Como oveja, al matadero fue llevado, y como cordero mudo delante del que lo trasquila, así no abrió su boca.

En su humillación, se le negó justicia; pero su generación, ¿quién la contará? Porque su vida es quitada de la tierra.

Respondió el eunuco a Felipe y dijo: —Te ruego, ¿de quién dice esto el profeta? ¿Lo dice de sí mismo o de algún otro?

Entonces Felipe abrió su boca, y comenzando desde esta Escritura, le anunció el evangelio de Jesús.

Mientras iban por el camino, llegaron a donde había agua, y el eunuco dijo: —He aquí hay agua. ¿Qué impide que yo sea bautizado?

Felipe dijo: —Si crees con todo tu corazón, es posible. Y respondiendo, dijo: —Creo que Jesús, el Cristo, es el Hijo de Dios.

Y mandó parar el carro. Felipe y el eunuco descendieron ambos al agua, y él le bautizó.

Cuando subieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe. Y el eunuco no le vio más, pues seguía su camino gozoso.

Pero Felipe se encontró en Azoto, y pasando por allí, anunciaba el evangelio en todas las ciudades, hasta que llegó a Cesarea.

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