Nuevo Testamento > Epístolas > Segunda epístola de San Pablo a los Corintios > El ministerio de la reconciliación (47:5:11 - 47:6:13)
Conociendo, entonces, el temor del Señor, persuadimos a los hombres; pues a Dios le es manifiesto lo que somos, y espero que también lo sea a vuestras conciencias.
No nos recomendamos otra vez ante vosotros, sino que os damos ocasión de gloriaros por nosotros, con el fin de que tengáis respuesta frente a los que se glorían en las apariencias y no en el corazón.
Porque si estamos fuera de nosotros, es para Dios; o si estamos en nuestro juicio, es para vosotros.
Porque el amor de Cristo nos impulsa, considerando esto: que uno murió por todos; por consiguiente, todos murieron.
Y él murió por todos para que los que viven ya no vivan más para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.
De manera que nosotros, de aquí en adelante, a nadie conocemos según la carne; y aun si hemos conocido a Cristo según la carne, ahora ya no le conocemos así.
De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.
Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo y nos ha dado el ministerio de la reconciliación:
que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomándoles en cuenta sus transgresiones y encomendándonos a nosotros la palabra de la reconciliación.
Así que, somos embajadores en nombre de Cristo; y como Dios os exhorta por medio nuestro, rogamos en nombre de Cristo: ¡Reconciliaos con Dios!
Al que no conoció pecado, por nosotros Dios le hizo pecado, para que nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en él.
Y así nosotros, como colaboradores, os exhortamos también que no recibáis en vano la gracia de Dios;
porque dice: En tiempo favorable te escuché, y en el día de la salvación te socorrí. ¡He aquí ahora el tiempo más favorable! ¡He aquí ahora el día de salvación!
No damos a nadie ocasión de tropiezo en nada, para que nuestro ministerio no sea desacreditado.
Más bien, en todo nos presentamos como ministros de Dios: en mucha perseverancia, en tribulaciones, en necesidades, en angustias,
en azotes, en cárceles, en tumultos, en duras labores, en desvelos, en ayunos,
en pureza, en conocimiento, en tolerancia, en bondad, en el Espíritu Santo, en amor no fingido,
en palabra de verdad, en poder de Dios, por medio de armas de justicia a derecha y a izquierda;
por honra y deshonra, por mala fama y buena fama; como engañadores, pero siendo hombres de verdad;
como no conocidos, pero bien conocidos; como muriendo, pero he aquí vivimos; como castigados, pero no muertos;
como entristecidos, pero siempre gozosos; como pobres, pero enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, pero poseyéndolo todo.
Nuestra boca ha sido franca con vosotros, oh corintios; nuestro corazón está abierto.
No estáis limitados en nosotros; lo estáis en vuestros propios corazones.
Pues para corresponder del mismo modo, como a hijos os hablo: ¡Abrid vosotros también vuestro corazón!