La tempestad en el mar

Biblia cristiana > Nuevo Testamento > Epístolas > Hechos > La tempestad en el mar (44:27:13 - 44:27:38)

Como sopló una brisa del sur y les pareció que ya habían logrado lo que deseaban, izaron velas e iban costeando a Creta muy de cerca.

Pero no mucho después dio contra la nave un viento huracanado que se llama Euraquilón.

Como la nave era arrebatada y no podía poner proa al viento, nos abandonamos a él y éramos llevados a la deriva.

Navegamos a sotavento de una pequeña isla que se llama Cauda, y apenas pudimos retener el esquife.

Y después de subirlo a bordo, se valían de refuerzos para ceñir la nave. Pero temiendo encallar en la Sirte, bajaron velas y se dejaban llevar así.

Al día siguiente, mientras éramos sacudidos por una furiosa tempestad, comenzaron a aligerar la carga;

y al tercer día, con sus propias manos arrojaron los aparejos del barco.

Como no aparecían ni el sol ni las estrellas por muchos días y nos sobrevenía una tempestad no pequeña, íbamos perdiendo ya toda esperanza de salvarnos.

Entonces, como hacía mucho que no comíamos, Pablo se puso de pie en medio de ellos y dijo: —Oh hombres, debíais haberme escuchado y no haber partido de Creta, para evitar este daño y pérdida.

Pero ahora os insto a tener buen ánimo, pues no se perderá la vida de ninguno de vosotros, sino solamente la nave.

Porque esta noche estuvo conmigo un ángel del Dios de quien soy y a quien sirvo,

y me dijo: “No temas, Pablo. Es necesario que comparezcas ante el César, y he aquí Dios te ha concedido todos los que navegan contigo.”

Por tanto, oh hombres, tened buen ánimo, porque yo confío en Dios que será así como me ha dicho.

Pero es necesario que demos en alguna isla.

Cuando llegó la decimocuarta noche, y siendo nosotros llevados a la deriva a través del mar Adriático, a la medianoche los marineros sospecharon que se acercaban a alguna tierra.

Echaron la sonda y hallaron veinte brazas. Pasando un poco más adelante, volvieron a echar la sonda y hallaron quince brazas.

Temiendo dar en escollos, echaron las cuatro anclas de la popa y ansiaban el amanecer.

Como los marineros procuraban huir de la nave, y echaron el esquife al mar simulando que iban a largar las anclas de la proa,

Pablo dijo al centurión y a los soldados: —Si éstos no quedan en la nave, vosotros no podréis salvaros.

Entonces los soldados cortaron las amarras del esquife y dejaron que se perdiera.

Cuando comenzó a amanecer, Pablo animaba a todos a comer algo, diciendo: —Este es el decimocuarto día que veláis y seguís en ayunas sin comer nada.

Por tanto, os ruego que comáis algo, pues esto es para vuestra salud; porque no perecerá ni un cabello de la cabeza de ninguno de vosotros.

Habiendo dicho esto, tomó pan, dio gracias a Dios en presencia de todos y partiéndolo comenzó a comer.

Y cuando todos recobraron mejor ánimo, comieron ellos también.

Eramos en total 276 personas en la nave.

Luego, satisfechos de la comida, aligeraban la nave echando el trigo al mar.

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